Story
CAPÍTULO 1. Nacimiento y primeros años
Mi nombre es Gustavo Andrés Gómez Bonilla. Nací el 4 de julio de 1985 en el pueblo de Fusagasugá, Cundinamarca, un valle templado situado a hora y media de Bogotá, donde el aire huele a tierra mojada y a café recién tostado en las mañanas. No nací en una clínica ni bajo luces artificiales. Nací en la casa de mi abuela, en una habitación sencilla, de paredes de bahareque y piso frío, donde el amor de la familia pesaba más que cualquier instrumento médico. Una enfermera del pueblo asistió el parto: natural, sin cesárea, sin monitores, sin la intervención de la medicina moderna que hoy rodea casi todos los nacimientos. Fue, según me contaron después, un parto tranquilo, lleno de fe, de rezos en voz baja y de esperanza.
Llegué saludable. Lloré como cualquier recién nacido, respiré bien, me alimenté bien. Pero llegué sordo. Y nadie lo sabía todavía.
Durante los primeros dos años de mi vida, mis padres no tuvieron ninguna razón para sospechar que algo fuera distinto. Yo sonreía, gateaba, jugaba con lo que encontraba a mi paso, como cualquier niño de mi edad. El silencio en el que yo vivía era, para mí, el único mundo que conocía; no tenía punto de comparación. Pero para mis padres, poco a poco, empezaron a aparecer pequeñas señales que no encajaban. Me llamaban desde la cocina y yo seguía jugando, absorto, sin voltear. Golpeaban una olla cerca de mi oído y yo no me sobresaltaba. Al principio lo atribuían a que era un niño muy concentrado, muy tranquilo. Después, la preocupación empezó a instalarse como una sombra que no se iba.
Recuerdo, por lo que después me relataron una y otra vez a lo largo de los años —porque esta historia se convirtió en una especie de leyenda familiar que se repetía en las sobremesas—, que mi mamá probó de todas las formas posibles: aplaudía detrás de mí, dejaba caer objetos, me llamaba por mi nombre con distintos tonos de voz. Nada. Ese silencio que yo cargaba sin saberlo terminó por convertirse en la primera gran prueba de la familia.
Me llevaron al médico cuando yo tenía entre dos y tres años. Todavía puedo imaginar la escena, aunque no la recuerde con los ojos: el consultorio pequeño, mi mamá con las manos apretadas sobre la cartera, mi papá de pie junto a la puerta, y el médico explicando con calma clínica lo que para ellos fue una sentencia que les cambió la vida entera: yo era sordo, y lo era desde el nacimiento. No había cura, no había un tratamiento que revirtiera lo que ya estaba hecho. Lo único que quedaba era aprender a vivir de otra manera, a criar a un hijo distinto al que habían imaginado.
Con el tiempo, mis padres entendieron —o al menos construyeron una explicación con la que pudieron hacer las paces— que la causa había sido una gripe fuerte que mi mamá sufrió durante el embarazo. Una complicación viral, dijeron los médicos, pudo haber afectado el desarrollo de mi audición antes de que yo naciera. No hay manera de estar completamente seguros, pero esa fue la explicación que la familia sostuvo, y con ella aprendieron a mirar mi sordera no como una tragedia sin sentido, sino como algo que tenía una causa, un origen, un lugar en la historia.
Apenas unos años después, cuando yo tenía alrededor de cuatro, llegó otra prueba. Una enfermedad se instaló en mis pulmones con una fuerza que asustó a toda la casa. Yo tosía sin parar, me faltaba el aire, mi pecho sonaba como si algo por dentro estuviera raspando. Mis padres me llevaron de médico en médico. Probaron jarabes, antibióticos, nebulizaciones. Nada funcionaba con la contundencia que ellos necesitaban ver. Cada noche que pasaba sin mejoría era una noche más de angustia acumulada.
Fue en medio de esa desesperación que mis padres decidieron hablar con mi tío Enrique. Él conocía —por tradición familiar, por relación con comunidades indígenas de la región— un remedio ancestral: unas pequeñas pastillas elaboradas a base de yagé, preparadas con una dosis mínima, pensadas para un cuerpo tan pequeño como el mío. No era la bebida ceremonial de los adultos. Era otra cosa, algo hecho con cuidado y con conocimiento, para sanar sin arriesgar. Empecé a tomarlas todos los días, una rutina discreta que se volvió parte de mi vida cotidiana sin que yo, por supuesto, entendiera del todo lo que estaba ocurriendo dentro de mi cuerpo.
Y poco a poco, día tras día, mis pulmones comenzaron a sanar. La tos se fue apagando. El pecho dejó de sonar como una caja rota. Recuperé el color, el apetito, las ganas de correr por el patio de mi abuela. Gracias a Dios —y a la sabiduría de la medicina natural que mi familia llevaba generaciones respetando— recuperé una salud que la medicina moderna, con todos sus recursos, no había logrado devolverme.
Entre los cinco y los ocho años, viví temporadas en Bogotá para estudiar en el Colegio Campestre ICAL, en Chía. Nuestra vida se movía entre tres puntos fijos que terminaron formando un triángulo entrañable: Fusagasugá, Bogotá y la casa de mi abuela. Recuerdo los viajes en carretera, las curvas que bajaban hacia el valle, el cambio de clima que se sentía en la piel apenas se salía de la ciudad: el aire frío y seco de la sabana dando paso, kilómetro a kilómetro, a la humedad tibia de Fusagasugá.
Cada fin de semana, sin falta, visitábamos a mi abuela. Esa rutina —que para muchos hubiera sido solo una obligación familiar— se convirtió, sin que nadie lo planeara, en el corazón de mi infancia. Su casa olía a leña, a café recién colado, a las plantas que ella cultivaba junto a la ventana. Yo no podía escuchar el crepitar del fuego en su fogón ni el canto de los pájaros que anidaban en el patio, pero podía sentir las vibraciones bajo mis pies, podía ver la luz entrando por las rendijas, podía leer en los gestos de mi abuela una ternura que no necesitaba palabras. Ese lugar, con el tiempo, se convirtió en el territorio donde mi historia con el yagé —y con todo lo que vendría después— empezó a echar raíces.
Mi abuela tenía una manera particular de comunicarse conmigo que nadie más en la familia lograba igualar. No sabía lengua de señas formal; nadie la conocía todavía en un pueblo como Fusagasugá en esos años. Pero había desarrollado, con el tiempo, un lenguaje propio hecho de miradas, de toques suaves en el hombro, de gestos exagerados con las manos que yo aprendí a leer como quien aprende a leer un libro querido. Se sentaba conmigo en el corredor de su casa, bajo el techo de teja, y me señalaba las nubes, los cerros a lo lejos, los colores del atardecer, como si quisiera asegurarse de que, aunque no pudiera escuchar el mundo, yo pudiera al menos verlo con toda su plenitud.
Mi papá era un hombre de pocas palabras, incluso con quienes sí podían escucharlo. Trabajaba duro y viajaba con frecuencia entre Bogotá y Fusagasugá por temas de trabajo, y cuando llegaba a casa después de varios días fuera, su manera de demostrar cariño no era con discursos ni con explicaciones largas, sino con gestos concretos: me cargaba en hombros, me llevaba a caminar por el pueblo, me compraba helado en la plaza aunque no hubiera un motivo especial para celebrar. Con el tiempo entendí que ese silencio suyo, parecido en algún sentido al mío, era también su manera de quererme sin necesidad de un idioma compartido.
De mi mamá, en cambio, aprendí la paciencia como forma de amor. Ella fue, durante toda mi infancia, mi traductora del mundo. Cuando algo ocurría que yo no podía captar —una conversación en la mesa, un chiste que hacía reír a todos menos a mí, una noticia en la radio que alteraba el ánimo de la casa—, ella se acercaba, se ponía a mi altura y me explicaba, con señas caseras y con la boca bien vocalizada para que yo leyera sus labios, lo que estaba pasando. Nunca sentí que para ella fuera una carga hacerlo. Al contrario: parecía disfrutar ese puente que construía entre mi silencio y el ruido del mundo.
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